viernes, 1 de octubre de 2010

Un pasito para atrás, así entramos todos.

. . . Un domingo de viento y lluvia en Buenos Aires, caminaba por Corrientes, llegando a Reconquista. Me saludaban los barredores de bares, que además me regalaban ese aroma a amoníaco y lavandina, penetrante hasta las venas . . .

En un poste de luz, clavado, y al límite de borronearse por la lluvia, encontré este texto . . .

"Un pasito para atrás, así entramos todos".

Quizás el error fue pensar que había lugar para un deporte más. El encanto de un nuevo invento, los sueños de llevar adelante un proyecto propio, plantar un libro, escribir un hijo, tener un árbol. Todo eso parecía transformarse en realidad cuando el creador del paddle veía reproducirse infinitamente su cancha con paredes encerradas.

El anhelo se había convertido en realidad. Estaban por todos lados. Hasta reemplazaron canchas de tenis, deporte artistocrático instalado hace años. Todo estaba listo: paletas, vestimenta, pelotitas, equipos de a dos, rebotes contra la pared.  Nadie tuvo que aprender, ya todos sabían como jugar.

Rápidamente hubo entrenadores de paddle, competencias de paddle, canchas en lugares recónditos. Además, era fácil. Misma forma de puntaje que el tenis, reglas más o menos claras y a jugar. Era el primer día del resto de su vida. La cresta de la ola.

Pero, claro, los rumores no tardaron en llegaron: cuidado con las rodillas, es una superficie muy áspera, tenés que conseguir tres personas más... De un día para el otro, miles de paletas directo a las bauleras. Zapatillas que volvían a mancharse de polvo de ladrillo y nuevas generaciones que conocieron las canchas de paddle como espacios de cemento verde con rajaduras y plantas. Quedaron sin redes, cayendo de a poco.

Nadie las sepultó ni las despidió. Fueron olvidadas. Dicen que este señor compró las pocas que quedaron. Alguna cerca de la autopista que pronto transformará en museo.

Paddle: el deporte que un día nos olvidamos cómo jugar.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Esos raros taxistas nuevos.


El avance de la tecnología, y su inserción en nuestras cotidianas vidas, solo parece ser portador de buenas noticias. Al menos para quienes disfrutamos de accesorios que nos conectan y nos facilitan nuestros procesos habituales, el vínculo con blackberries, celulares, ipods, mp75s, notbooks, netbook, gps, entre otros "chiches", es sin duda una buena noticia.

No obstante, comienzan a avizorarse algunas escenas en las que, precisamente, el avance de la tecnología, aparece destinado a robar el misterio, seducción y hasta el glamour que ciertos oficios tienen, adquirido no sin esfuerzo y dedicación, a partir de la habilidad humana y no tecnológica.

Arriba de un taxi en Buenos Aires, observar desde el asiento de atrás que el otrora groso "tachero" ahora lleva un GPS pegado en la luneta delantera, y que carga los datos cuando un le dice "Montevideo y Posadas, por favor" es casi una bandera blanca. Es la firma de la rendición.

Quitarle al taxista (o que el se lo quite por decisión propia) la posibilidad de lucirse con cara de dueño del mundo, cuando uno informa sus coordenadas, es quitarle su orgullo. Ni hablar de la voz del GPS diciéndole al taxista "doblar, doblar" . . . y que encima el taxista doble.

En el extremo, el Gps brinda el recorrido más corto, ignorando tráfico o cortes por protestas sociales. Por lo que entonces, el taxista obediente de su adláter tecnológico, perderá otro de sus sellos diferenciales: el llevarnos por caminos alternativos, por senderos secretos, que sólo el conoce, y lo hace saber desde el asiento de adelante, con el orgullo de quien lleva consigo años de pisar las calles de Buenos Aires.

Bajarse de ese taxi, y entrar a un bodegón en el que el mozo anote en un Ipad o Palm el pedido, será el corolario adecuado en el paseo de la desilusión.

Ya que el mozo te anote el pedido, aún en papel, es otro tema a atender. . .

domingo, 26 de septiembre de 2010

Sobrevivientes, en la Ciudad.


La vocación aparentemente imparable de modernizar y actualizar el paisaje arquitectónico de las ciudades parece atentar contra los resabios y guiños que el pasado se encarga de enviar hacia el presente, con moderada expectativa de llegar al futuro.

No se trata aquí de convencer a arquitectos de derribar edificios modernos para construir casas antiguas - como una colega supo ilustrarme oportunamente e iniciativa que contaría con mi firma incondicional - sino al menos, de detectar dónde están esas imágenes que - a gritos, a veces - nos dicen que hoy es hoy, porque hay un ayer que contar, y conservar.

Fachadas, baldosas, esquinas, vías. El cuerpo del pasado puede tomar cualquier forma. Son "sobrevivientes" del tiempo antiguo. Con una pizca de la historia en el presente, todo parece más lindo. Incluso, más sabio. Quién puede estar en contra de adquirir sabiduría?


Buenos Aires esconde esos detalles a cada paso. La "Tapa de Obras Sanitarias" que ilustra estas líneas, mira desde el piso el andar veloz de los nuevos tiempos. Sin embargo, no presenta planes de retirarse. Parece eternizada. Si ya no se fue, si resistió el avance feroz de fin de siglo, es que decidió quedarse para siempre. 

Aunque encima de ella, el mundo, el tiempo y nosotros, avancemos con prisa, hacia ningún lado.