A lo largo de los años, el asador urbano argentino -ese que ejerce su oficio en su parrillita del fondo de la casa, en la terraza del edificio o en la de los barrios cerradísimos- se ha acostumbrado a convivir con el flagelo de sus invitados. Es casi una inmolación. El asador urbano invita para agraciar a sus invitados con un asado, pero se ve obligado a tolerarlos durante la preparación del mismo.
Se sabe que entre las buenas prácticas para lograr un buen asado se incluye a la paciencia como herramienta clave. Es justamente esta virtud la que utiliza el asador urbano argentino para convivir con sus fatales invitados durante la preparación.
La parrilla encendida convoca. Es cierto. Por eso, el asador urbano argentino ve cómo detrás de él, paulatinamente, se va armando un panel de opinadores que bien podrían ser candidatos a cualquier programa de tele de hoy día.
Frases como “me parece que a los chorizos les falta fuego” o “¿tenés suficiente fuego al costado?; ¿querés que te agregue?” o “¿No tenés muy alta la parrilla?, yo la bajaría un toque” comienzan a aparecer en el ambiente, fustigando al paciente asador, que en silencio tolerará estas intromisiones impúdicas. Incluso, hay quienes ya en un exceso de indiscreción, pasan la palma de la mano sobre la parrilla, buscando comprobar que “te falta fuego”. Flagelo.
Víctima del polvillo del carbón, el calor del fuego constante y con manos manchadas con sangre de carne vacuna, el asador urbano –que hace dos horas viene llevando su obra con estilo de artesano- se ve atosigado por panelistas recién llegados, bien vestidos y perfumados, que pretenden hacer gala de sus conocimientos parrilleros.
El primer código no escrito del asado es respetar al asador. Darle plena libertad. Aceptar sus métodos. Como mucho, darle charla alrededor de la parrilla. Nada más.
Sin embargo, el sufrido asador urbano argentino no sólo padece el hostigamiento de sus invitados opinadores en la parrilla sino, más grave aún, se ve sometido a la presión de las damas de la familiaquienes, poco preparadas a disfrutar de la espera y el asado a fuego lento, comienzan a emitir mensajes indirectos, pretendiendo que el asado esté listo inmediatamente.
Frases como “¿Vamos poniendo las ensaladas en la mesa?” o “¿Te parece que ya cortemos los panes?”, esconden bajo una falsa gentileza el mensaje de “apurate que tenemos hambre, dejá de perder el tiempo ahí afuera”.
Es en este momento cuando se ve la templanza de un asador urbano de ley. Es inmune a las presiones, a los comentarios de los panelistas parrilleros que siempre tienen un modo mejor de hacer el asado, o a la presión femenina de acelerar la cocción y empezar a comer ya.
Llegado el final del acto, el asador urbano llevará la comida a la mesa, recibirá un aplauso para el asador de compromiso y rigor, y volverá con excusas a la parrilla, para comer allí, solo y en paz, sobre una tabla de madera, los mejores cortes que se reservó, mientras el mundo se tornaba contra él.
Vos, ¿de qué lado estás? ¿Del asador o del panelista?


