Si bien es cierto que luchar contra el alto calor puede ser una disputa estéril, llevo pruebas en mi memoria de casas en las que el calor era menos calor, la vida era más vida, y el fresco era más fresco.
Casas que habitaban, o habitan aún, sobre colchones de adoquines. Casas a las que se accede subiendo dos escalones de mármol, preludios de un zaguán en el que el eco es más fuerte que el ruido de la calle, que por cierto es casi nulo.
