Me contaba su flagelo sentada en el deck de madera, que construyó como preludio a la piscina, de fondos celestes puros, y agua tan cristalina como sus confesiones. Hablaba en voz baja. Parece que en el barrio“se escucha todo”.
Aún con los 40 grados de Buenos Aires, el fondo de su lote, profundo, verde, y con hamacas y toboganes de madera como puerto final para la vista, parece ser un refugio para las únicas brisas que pueden hacer menos cruel, la tarde de un domingo de enero.
“El tema acá son los INQUILINOS”, me dijo, desde su altar de propietaria. “Los inquilinos?” le pregunté. “La gente que alquila”?
“Si. Pero no cualquiera. Los que alquilan en verano. Los que vienen un mes. Son tan distintos a nosotros los propietarios. Llega diciembre, y yo ya me preparo para recibir a esa horda de humanos que llega a mi barrio, a romper con la paz que tenemos los que vivimos aquí todo el año . . .”
Ella me contaba esto sin levantar la vista de una revista que recibe en su casa, que muestra proyectos en construcción, parece, del mismo desarrollador de su barrio. Tenía muchas de estas en la mesita ratona del living.
“¿Tan distintos son los PROPIETARIOS y los INQUILINOS DE VERANO”?seguí preguntando.
Sospeché que estábamos frente a una interna. Una interna de barrio cerrado. Una interna al cuadrado.
“Te das cuenta al toque. Mirá allá atrás? Los ves? Ahí van. Hoy recibieron visitas. Son 40 que están gritando como locos desde el mediodía. En el frente de la casa, estacionan 5 autos todos los días. Es lógico. Vienen todos a visitarlos, porque el “amigo” alquiló en un barrio. Mientras tanto, nosotros seguimos discretos, en silencio, entendiendo todo esto como natural”.
Comencé a tomar nota. Mientras tanto, en el lote de al lado, 4 adultos jugaban al vóley en la pileta, y otros dos tiraban vestido a un tercero.
“El adulto que juega en la pileta es muy de inquilino de verano . . . “, siguió contándome, moviendo la cabeza transmitiendo resignación, como expresando que el inquilino de verano en el barrio cerrado fuera ya alguien incurable, en cuanto a usos y costumbres cuestionables para los habitués, que aparentemente se ven sometidos a tolerarlos un mes.
“Además – sentenció – son muy de tirarse de bomba. Vos ves a un propietario que ocasionalmente a la tarde, tranquilo, sale de la sombra de la galería, se tira de cabeza, sin salpicar y vuelve al oscurito. Ellos, los inquilinos veraniegos, no paran de tirarse de bomba. Salen y se vuelven a tirar. Todo el tiempo. Siempre de bomba, obvio. Grandes, sobre todo. Y a los gritos, claro.”
La charla seguía, y una señora de delantalcito celeste nos sirvió café. Yo me preguntaba si la brecha que advertía entre propietarios e inquilinos de verano en barrios cerrados podía ampliarse más, cuándo ella me agrega:
“Sabés que es lo peor? Que a la tardecita salen todos, los inquilinos y los 40 amigos, a caminar por el barrio, porque le muestren el Club House. Y caminan en traje de baño por la calle, descalzos, como si caminaran por la orilla del mar. Fijate en un rato . . .Son inconfundibles”, me desafió.
Por encima de su hombro, yo podía ver el lote de al lado, en el que – a partir de la descripción que recibía – estaba habitado por inquilinos. Desde allí, el aroma de un fuego a medio prender comenzaba a llegar.
“Típico de inquilino de verano. La parrilla humea todo el tiempo. A las once de la mañana arrancan, almuerzan asado con 40 grados, la dejan en pausa, a las 7 de la tarde siguen, y así todos los días, claro. Siempre con visitas. Y en el medio se tiran de bomba. Nosotros los propietarios, de vez en cuando prendemos, en fin, tampoco es algo que nos conmueva. . . se ve que ellos sí …”
Empezaba a imaginar lo difícil que era para mi informante sobrevivir enero en su casa de barrio cerrado, rodeada de habitantes ocasionales, que alquilaban sus propiedades linderas para tomarse un mes en un entorno de naturaleza, aire libre, y con beneficios distintos a los de la ciudad.
“Escuchás? Esos gritos son de los del fondo. Se asustan con los sapos. . .”, me dijo como frase que yo decidí que fuera de cierre.
Quise proponerle que viva y deje vivir. No tuve tiempo. Se levantó porque sonó el portero de su casa. Era “el de la guardia”, con un mensaje equivocado. Parece que era una familia - una más - que venía a visitar a sus vecinos los inquilinos, y se equivocaron de número de lote.
Volvió a mí peor que antes. Opte por irme. Salí caminando por un costado de la casa.
Me subí al auto, y comencé a avanzar por esas calles silenciosas, a menos de 30km/h. Esquivé algunas bicicletas desparramadas en el asfalto. De frente, un grupo de 25 personas, en malla, alguna ojota, y torsos despejados, caminaban mirando a su alrededor.
Bajé mi ventana y pude oir a “ella”, que le decía a “él ” – sospecho, por enésima vez – “qué lindo sería venirse a vivir acá . . . ¿No, Juan Carlos? Te despertás y mirás el verde. . .”
Juan Carlos siguió en silencio. A lo lejos, se divisaba el Club House . . .
