“Si no va esa frase, no firmo”, disparó Noemí.
La venta de su casa, a esa altura, se acercaba a imposible. La “cláusula chimenea” era, a la luz de las palabras, protagonista de la batalla final.
La identidad de un pueblo, sus memorias y rituales habitan como tinta indeleble en la piel de sus vecinos, encargados ellos de fomentar su larga vida.
Ese símbolo navideño trabado en la chimenea, en lo alto del techo, artesano de sonrisas en niños y grandes, presentaba cartas credenciales ante la posibilidad de venta de la casa y – en consecuencia – del fin de una era.
¿Sin Noemí ya no habría Papá Noel estancado en los cielos de esta Santa Patrona de los Vecinos?
Desde su silla de ruedas y señalando con su bastón, Noemí se batía a duelo por “la cláusula chimenea”.Aún con toda la plata en la mesa, ella rechazaba la venta por una simple decoración.
¿Simple? ¿Decoración?
El comprador buscaba entenderla desde la razón, plaza equivocada donde frenar.
“Cada 8 de diciembre, se deberá armar la instalación navideña en la chimenea, con los insumos consignados en el presente anexo, según foto de referencia. La intervención artística deberá permanecer hasta el 6 de enero incluido”, decretaba desde el hielo la “cláusula chimenea”.
“Pago un 30 por ciento más de plata, y eliminamos esa exigencia”, ofreció el comprador.
“Deme un 30 por ciento menos, pero me garantiza que la tradición se mantiene”, respondió Noemí.
Y así fue.
Menos plata. Más memorias. Menos ingreso. La tradición eternizada.
Las campanas de la iglesia, a lo lejos, celebraron el acuerdo. Algunas familias, en la puerta de la inmobiliaria luciendo gorros de Papá Noel, aplaudieron el trato. Un autobomba decorado de Navidad recorrió las calles haciendo sonar su sirena en señal de agrado.
El pueblo, feliz, prendió sus luces de fiesta. El futuro aseguraba noches buenas.
La chimenea de Noemí, y un Papá Noel torpe y encastrado, vivirían para siempre.
