miércoles, 29 de septiembre de 2010

Esos raros taxistas nuevos.


El avance de la tecnología, y su inserción en nuestras cotidianas vidas, solo parece ser portador de buenas noticias. Al menos para quienes disfrutamos de accesorios que nos conectan y nos facilitan nuestros procesos habituales, el vínculo con blackberries, celulares, ipods, mp75s, notbooks, netbook, gps, entre otros "chiches", es sin duda una buena noticia.

No obstante, comienzan a avizorarse algunas escenas en las que, precisamente, el avance de la tecnología, aparece destinado a robar el misterio, seducción y hasta el glamour que ciertos oficios tienen, adquirido no sin esfuerzo y dedicación, a partir de la habilidad humana y no tecnológica.

Arriba de un taxi en Buenos Aires, observar desde el asiento de atrás que el otrora groso "tachero" ahora lleva un GPS pegado en la luneta delantera, y que carga los datos cuando un le dice "Montevideo y Posadas, por favor" es casi una bandera blanca. Es la firma de la rendición.

Quitarle al taxista (o que el se lo quite por decisión propia) la posibilidad de lucirse con cara de dueño del mundo, cuando uno informa sus coordenadas, es quitarle su orgullo. Ni hablar de la voz del GPS diciéndole al taxista "doblar, doblar" . . . y que encima el taxista doble.

En el extremo, el Gps brinda el recorrido más corto, ignorando tráfico o cortes por protestas sociales. Por lo que entonces, el taxista obediente de su adláter tecnológico, perderá otro de sus sellos diferenciales: el llevarnos por caminos alternativos, por senderos secretos, que sólo el conoce, y lo hace saber desde el asiento de adelante, con el orgullo de quien lleva consigo años de pisar las calles de Buenos Aires.

Bajarse de ese taxi, y entrar a un bodegón en el que el mozo anote en un Ipad o Palm el pedido, será el corolario adecuado en el paseo de la desilusión.

Ya que el mozo te anote el pedido, aún en papel, es otro tema a atender. . .

No hay comentarios: