El inicio del verano deja asientos vacíos y se presenta como el momento ideal para establecer nuevas amistades en la comunidad charteril. Pero, también, aumentan las venganzas por el tostado playero.
La dinámica de viajar cotidianamente en chárter, con las mismas personas que, en el andar de un año, se transforman en amigos charteristas, genera un vínculo de afecto al que le queda grande la definición de genuina amistad, pero que, al mismo tiempo, ya no le cabe el mote de "conocido". Es una zona media, gris.
Digamos que aquellos que hablan cotidianamente, de modo paulatino, se convierten en "los amigos del chárter".
Y como sucede en estos casos, el avance de los diálogos, con el crecimiento de la confianza, hace que ya todos nos enteremos de los problemas y éxitos de los demás. Las horas de charter, en definitiva, son horas de vida.
Es por esto que, ante la llegada del fin de año, comienzan las consultas sobre las vacaciones. Charteristas en confianza, comienzan a relatar sus planes, recibiendo el infaltable consejo de un tercero para que cambie de destino.
Durante el primer mes del verano, el charter recibe a menos clientes, y el estado de ausencia de clientes es el mismo que se refleja en las calles que el vehículo surca cada día. Asientos vacíos, y viajes más cortos.
Las vacaciones en el chárter es el momento ideal (o riesgoso) para generar nuevas amistades. Es que los grupos "de invierno" se desarman y a cada paso encontramos charteristas abandonados, solos, sin sus cómplices aliados de cada mañana.
Las vacaciones en el chárter es el momento ideal (o riesgoso) para generar nuevas amistades. Es que los grupos "de invierno" se desarman y a cada paso encontramos charteristas abandonados, solos, sin sus cómplices aliados de cada mañana.
Es común ver cómo, durante enero, nuevas parejas o tríos de amigos charteristas aparecen y se desarrollan. Tan común también como ver a esos mismos nuevos amigos caer en desgracia al volver los originales.
El regreso de un charterista de sus vacaciones trae consigo un rito difícil de evitar. Como un sistema de engranaje perfecto, el charterista (con un tostado playero en el rostro que lo delata) sube para ser recibido por el chofer con el clásico: "De vuelta a laburar, je?". A lo que el charterista responde obligado, entonando un himno a la obviedad: "Y, otra no queda".
Escoltado por seres humanos pálidos, grises, el charterista de tostado playero se esfuerza en parecer armónico con el entorno, situación que no logrará alcanzar, ni en el chárter, ni en la oficina, ni en ningún lado. Su color de piel y brillo personal, desentona.
Al llegar a su zona de asientos, el rito de la puerta se repite como una condena imposible de evitar. Algunos de sus vecinos, como un coro de jueces y fiscales preparados para estos casos, comienzan con la lista de preguntas típicas para el que vuelve de vacaciones:
- ¿Dónde estuviste?
- ¿Buen clima?
- ¿Alquilaste casa?
- ¿La ruta? Cuánto le pusiste?
- ¿Mucha gente?
- ¿Estaba caro?
Si además, el charterista recién regresado de sus vacaciones expresa que su destino fue, por ejemplo Miami, sus vecinos de asientos agregarán, a las preguntas mencionadas, inquietudes tales como:
- ¿Te compraste todo, no?
- ¿Ni un papelito en el piso, no?
- ¿Ni una bocina, no?
- ¿Fuiste a comer a lo de Porcel?
Un flagelo
Un flagelo
Y de ese modo, los primeros minutos de viaje de un charterista recién regresado de sus vacaciones, se convierten en un episodio que se repite año a año.
Las mismas preguntas o afirmaciones disfrazadas de preguntas, a las cuales el recién regresado se somete y debe responder.
La venganza del tostado llegará pronto, cuando un nuevo charterista regrese de sus vacaciones, debiendo pagar este intenso peaje de cada primera mañana.
Mientras ese instante llega, el charterista irá recobrando su rutina paulatinamente, al tiempo que ese tostado playero comience a perderse, devolviéndole su rostro de bicho de ciudad, de un alma escondido detrás de un traje gris, una magnética colgando del cinto, y la vida vista desde un Powerpoint.
El Cronista, 3 de enero de 2014


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