sábado, 7 de julio de 2012

Los pueblos de verano, sin verano.

Era ese mismo pueblo de verano, ese que en enero y febrero recibe feliz a miles de personas, en planes de vacaciones.

Era ese mismo pueblo de verano. Claro que esta vez, como cada año, infalible, se vivía el crudo invierno. Era ese mismo pueblo de verano, pero sin veranoLa imagen emulaba a la de una película a quien alguien hubiera frenado. Como una mano imaginaria que, apretando el botón de "pausa", frenó su andar en el último día de febrero de este año. Y todo quedó inmovil. Congelado. A la espera de la vuelta a la vida...

En aquel pueblo de verano sin verano, con el frío del invierno como único mensaje, el año pasaba como
un instante perpetuo. Como una vida en stand by.
Por sus cuadras y arterias, se podían ver las últimas señales de un verano que se fue . . . 

En una casa de juegos electrónicos del centro, un elefante dumbo de plástico frenó su vuelta a dos metros de altura, y allí sigue.
Un taxi espera la fallida salida de los jóvenes del boliche del lugar. Eran las 5 de la mañana del 1 de marzo. Y allí sigue. Convencido que pronto, tres adolescentes alegres abrirán la puerta para pedirle rebaja en el viaje, acusando falta de fondos. Y el aceptará, claro. 

O aquel guardavidas que comprometido, desde su puesto de control, observa sin cesar el horizonte, buscando a un audaz bañista. No baja la vista. Y allí sigue. A pocas cuadras, una promotora, sonriente, y de escasas prendas, con un único folleto en mano, camina las calles vacías del Centro, en una frustrante y eterna carrera para entregar su último volante. Y allí sigue. 

A lo lejos, y en las playas desiertas de carpas, sombrillas y humanos, un barquillero grita sus clásicas palabras, que se pierden en la inmensidad de las olas y el viento. Ida y vuelta, todos los días. Y allí sigue.
Por las noches, un artista callejero que permanece en la peatonal, cantanto temas de Serrat y Sabina. Cantándoselos a nadie. Ni hablar del mimo aquel que, en esa misma peatonal, no encuentra razón de ser . . . Lamentablemente, allí sigue . . . 

Son soldados de un ejército sin adversarios, entregados al destino. Fundamentalistas de su propio andar. 

No seré yo, en esta visita a este pueblo de verano sin verano, quién rompa sus ilusiones . . . 


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