Sólo recurriendo a la mitología griega, entre las más reconocidas, se puede encontrar situaciones en las que Dios concede al hombre exactamente aquello que este último le pide en forma de súplica.
Normalmente, dichas concesiones pertenecen al mundo de la naturaleza, como lluvias reparadoras para periodos de sequías, o vientos que soplan en el momento en el que las barcazas buscan legar a un destino no muy lejano, aunque no por ello intrascendente.
Si hoy en día, el hombre pudiera pedir a su Dios con la certeza de satisfacción garantizada, el intervalo entre las series de ejercicios con aparatos en un gimnasio podría estar primero en la lista.
Creado por los profesionales de la preparación física como un espacio de tiempo de descanso entre dos períodos cortos de actividad que implica cierto esfuerzo, se presenta en el atleta desprevenido a través de su entrenador, quien al explicar los detalle de una rutina física, incorpora la frase “entre una y otra parás un ratito”.
Sin ser este una monografía que pretenda cuestionar la eficiencia o no de ese intervalo, sí creemos necesario señalar a ese intervalo como el intervalo inoportuno.Luego de estudios de opinión realizados sobre hombres que asisten de manera periódica a un gimnasio, pero que no pertenecen a la elite atlética de su región, se comprobó que:
- Nadie sabe qué hacer en ese intervalo.
- Esa falta de actividad lleva a que se tomen decisiones curiosas, como mirarse al espejo durante todo lo que dura el intervalo.
- Tampoco es un momento propicio para el inicio de diálogos entre vecinos de pesas y mancuernas, pues si bien es un intervalo adecuado para el descanso, también es lo suficientemente corto para concluir una charla con un mínimo de sentido.
- Aplicado este criterio al conjunto de los que conviven en un mismo momento, la obvia conclusión es que se presenta una situación única y curiosa a la vez: mucha gente en silencio, mirándose al espejo, caminando sin destino, y con un andar diferente al que tendrá al minuto de abandonar ese espacio.
Seres que al momento posterior de terminar su intervalo inoportuno, corren el riesgo de empezar a correr no ya sin destino alguno, sino además, sin avanzar un metro.
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